El Secuestro Virtual: Es un secuestro que no existe, en donde los “secuestradores” se aprovechan la ausencia de una persona para extorsionar a su familia y obtener montos de cifras fáciles de reunir en un par de horas.
El fenómeno de los secuestros “virtuales” empezó a presentarse aproximadamente en el año 2003. La base de esta estafa está en que quien pide el rescate no tiene a nadie secuestrado. Busca, en general al azar, alguien a quien llamar y lo hace entrar en el engaño. Lo apura para que pague antes de que pueda confirmar, por algún lado, que ninguno de sus familiares está cautivo. Y cobra el rescate también en forma virtual: obliga a la víctima a comprar tarjetas prepagas con pulsos telefónicos. Ya que el falso secuestrador, se determinó, suele estar encerrado en una cárcel, donde las tarjetas equivalen a efectivo en la mano.
SECUESTROS WAP
Una realidad que las autoridades tratan, con poco éxito, de erradicar. En los últimos meses los delincuentes dedicados al “secuestro virtual” han obtenido, con tan solo una tercera parte de las llamadas cerca de 20 millones de dólares, llevando a la ruina moral y económica a sus víctimas, mientras sus seres queridos están a salvo y ajenos a este drama.
CARLOS MACHADO HISTORIA
El 20 de agosto Carlos Machado leyó lo que nunca quiso leer: su hija había sido secuestrada. El mensaje había llegado al correo electrónico de su otra hija y en él se pedía un monto en dólares por el rescate y se adjuntaba como prueba del secuestro una foto de la menor ausente, que estaba cautiva desde hacía nueve días. En la imagen, la quinceañera sostenía un diario del día, lo que aseguraba que era una foto actual.
El último sábado fue liberada sana y salva, y Carlos respiró por fin tranquilo luego de 38 días de incertidumbre. El padre dice que todo fue como una pesadilla, que recibía correos electrónicos advirtiéndole que si no pagaba el monto exigido matarían su hija. Los e-mails los enviaba Julio César Quiroz Hipólito, el cabecilla de la banda de secuestradores, hoy detenido.
La hija de Carlos, como muchas chicas y chicos de su generación, entienden el mundo con Internet. Hacen amigos a través de redes sociales, conversan con ellos mediante servicios de chat y se enteran de trabajos por la web. Y fue justamente a través de Internet que los plagiarios captaron su atención. El jefe de la División de Secuestros, coronel PNP Jorge Mejía, dijo que esta ha sido la primera vez que se realiza un secuestro con este método en el país.
Ella vio en Internet una oferta de trabajo de solo dos días y mil soles de remuneración. Le llamó la atención y se contactó. Finalmente, el 11 de agosto la hoy detenida Miriam Quispe Carhuachi condujo a la joven hasta una supuesta entrevista de trabajo. Era en una casa en la urbanización San Germán, en San Martín de Porres. Ahí la mantuvieron en cautiverio.
Carlos Machado siguió recibiendo correos de los captores. Acordaron un monto. Manuel siguió las órdenes que le dieron: fue a Huancayo y depositó el dinero en una cuenta bancaria. En La Victoria, Juan Nicomedes Arocutipa Ramos retiraba el dinero y salía sin saber que era vigilado por los agentes de la Dirincri. Luego fue capturado en San Juan de Lurigancho.
Ninguno de los cinco detenidos por la policía (los otros dos son Wilfredo Quispelaya Jipa y Wilfredo Taracaya Yupanqui) tenía antecedentes.
SECUESTROS WAP
Ciudad de México– La llamada telefónica empieza con los gritos de un niño angustiado que llama a uno de sus padres. “¡Mamá! ¡Papá!” El llanto del niño va seguido de una ronca voz masculina que no se anda con cuentos.
“Tenemos a su hijo”, dice rápidamente, y por lo general añade una grosería para intimidar; luego expone una lista de exigencias que podrían ser dinero o joyas que deben dejarse en cierta esquina, o un considerable depósito que ha de hacerse en una cuenta de un banco local.
El giro de esta historia es que Pablito o Teresita están a salvo en la escuela, y no atados con cinta plateada a una silla en una destartalada casa, ni metidos en el portaequipaje de un taxi. Pero cuando llega la llamada desde un teléfono celular, eso no se sabe.
Esto es un “secuestro virtual”, el nombre que se da en México a la última modalidad criminal, que se ha aprovechado de los maltrechos nervios de un país aterrorizado por los secuestros reales desde hace muchos años.
“Esto refleja el temor de la sociedad mexicana, la psicosis colectiva en torno a los secuestros”, dice Adrienne Bard, periodista de radio estadounidense que ha vivido en México por más de 20 años y quien recibió una llamada en marzo de una joven en lágrimas que ella, por el susto, pensó que era su propia hija, estudiante universitaria. “Caí completamente en la trampa”, confiesa. Lo mismo les ha ocurrido a muchos otros. Joel Ortega, jefe de la policía de la Ciudad de México, anunció recientemente que una nueva línea de emergencia que se abrió para atender este problema recibió más de 30 mil quejas desde el pasado diciembre hasta principios de enero. Ha habido ocho arrestos y se han identificado tres mil 415 números telefónicos usados por los extorsionadores, dice.
Pero identificar los números de teléfono –hoy aparecen en un sitio Web del gobierno– ha servido de muy poco para detener las llamadas criminales. Casi todas se hacen desde teléfonos celulares, la mayor parte robados.
Por si fuera poco, se cree que muchos extorsionadores operan desde las cárceles.
Dicen las autoridades que hay cientos de bandas criminales involucradas en diversos timos telefónicos. Además de los falsos secuestros, quienes llaman anuncian a las personas que se han ganado un auto o dinero. A veces les piden que apaguen sus celulares durante una hora para que pueda repararse el servicio; luego llaman a los familiares y les dicen que el dueño del teléfono celular ha sido secuestrado. Estos falsos secuestradores han recurrido incluso a los mensajes de texto.
De los relativamente pocos arrestos que se han hecho hasta ahora, tres sospechosos eran hermanos, de 19, 31 y 34 años, a quienes se atrapó cuando recibían dinero de una víctima. Los dos hermanos menores culparon al mayor de obligarlos a delinquir.
Además de las líneas de emergencia para reportar las llamadas, los funcionarios han pedido a las compañías de telefonía celular que lleven un mejor registro de sus usuarios para ayudar en las investigaciones. Pero los intentos de proscribir los celulares de las prisiones no han fructificado aún. Este tipo de teléfonos no se permite en las cárceles, pero los internos casi siempre sobornan a los guardias para que hagan la vista gorda.
Unos periodistas locales visitaron recientemente una prisión al norte de la Ciudad de México y vieron que los teléfonos celulares se usaban abiertamente. Los internos calcularon que había en la prisión entre 500 y 600 celulares, y dijeron que la suma para sobornar a los guardias era de 50 dólares a la semana, reportó el periódico El Norte.
En esa prisión, las autoridades trataron de bloquear la señal, pero los internos al parecer descubrieron ciertos lugares en el patio donde aún llegaba.
HISTORIA
Hace un año, cuando Tatiana Kaler contestó al teléfono, se quedó sin palabras, el hombre que la llamaba afirmó que había secuestrado a su madre. Tatiana acababa de despertarse, estaba sola en su casa y alguien le estaba pidiendo dinero a cambio de la vida de su madre.
Tatiana cooperó y le dio al hombre su número de celular, al cual él llamó en seguida. El teléfono de la casa y su celular estaban ocupados: todo estaba perfectamente arreglado.
“Tuve miedo porque no había visto a mi madre la noche anterior, y me llamaban en ese momento… y estaba sola,” dijo Tatiana, 24 años. “Parecía muy extraño, pero creí en esa historia.”
Para salvar la vida de su madre, Tatiana siguió las instrucciones del secuestrador: puso un poco más de 900 pesos en un bolso y lo tiró por el balcón del departamento. Una vez que los criminales – en realidad eran dos – tuvieron el dinero, colgaron los dos teléfonos.
La madre de la porteña, sin embargo, nunca había estado en peligro: sólo se encontraba fuera de la ciudad. Tatiana había sido engañada creyendo que su madre había sido secuestrada. Ella se había vuelto una víctima de un falso secuestro.
Secuestro virtual
Todo comenzó a las 9.30 de hoy cuando Azulay recibió un llamado en su oficina de la calle Chile al 800, en el barrio de San Telmo, en el que un delincuente le advirtió que tenía secuestrado a un familiar suyo, aunque en realidad se trataba de una farsa.
Desesperado ante la posibilidad de que algún pariente estuviera cautivo, Azulay acordó con el delincuente pagar un rescate de mil pesos en un sitio que la policía aún no pudo determinar.
Los investigadores creen que los delincuentes, al ver llegar a Azulay al sitio pactado bien vestido y con un buen auto, decidieron transformar lo que era un secuestro virtual en un verdadero secuestro extorsivo, por lo que lo amenazaron con un arma y lo capturaron.
Los voceros indicaron que los captores se comunicaron nuevamente con la oficina de Azulay, donde atendió su socio, a quien le comunicaron que querían 10 mil pesos de rescate por el despachante de aduanas.
El socio de Azulay pactó el pago del rescate en el barrio porteño de Mataderos, en la esquina de las calles White y Eva Perón.
Tanto el funcionario Marino como el jefe policial Seisdedos revelaron que, en ese lugar, el socio de Azulay le entregó los 10 mil pesos a los delincuentes, quienes prometieron liberar a su víctima en pocos minutos.
Sin embargo, Azulay recién apareció al mediodía, cuando fue encontrado por un remisero tirado al costado de la avenida General Paz, del lado de provincia, en inmediaciones de la villa Las Antenas de La Matanza.
La hermana de la víctima dijo a Canal 13 que los propios delincuentes habrían sido quienes llamaron a la remisería para decir que tenían que trasladar a "una persona mayor que estaba enferma".
Un vocero judicial indicó a Télam que el remisero y un policía bonaerense llegaron a las 12.15 con Azulay baleado al Hospital Santojanni, donde finalmente murió.
Fuentes judiciales porteñas y de la Policía Federal indicaron que ni el secuestro virtual inicial, ni el secuestro de Azulay fueron denunciados mientras transcurrían.
La historia del secuestro recién fue contada por el socio de la víctima cuando apareció Azulay en el Hospital Santojanni.
El caso es investigado por dos fiscales que luego discutirán la competencia.
Por la aparición de Azulay en la General Paz, interviene el fiscal de La Matanza Claudio Polero, pero como su muerte fue en el Hospital Santojanni, intervino la comisaría 42, con la que está de turno el fiscal de instrucción porteño Joaquín Rovira.
Sin embargo, como se trató de un secuestro extorsivo, la investigación podría terminar en las manos del fiscal federal porteño de turno, Carlos Rívolo, quien, según fuentes judiciales, ya se anticipó y pidió que la Brigada Antisecuestros de la Policía Federal trabaje en el caso.
Secuestro virtual
La historia se repite con leves modificaciones todo el tiempo: llaman a tu casa, indagan con poca sutileza acerca de la composición familiar y luego (en el mismo o en otro llamado) afirman que justo ese miembro de la familia que no se encuentra en la casa está secuestrado y a veces malherido, y que el pago de un rescate con lo que tengas en ese momento es la condición para liberarlo.
El secuestrado, ignorante de la situación, está fuera de casa pero por los motivos más triviales (trabajando, en una fiesta, haciendo mandados, o simplemente ya se ha independizado y no vive más allí).
Anoche le sucedió a mi suegro, con un relato ya trillado, pero que la confusión del sueño (la llamada fue a las tres de la madrugada) y el susto convierten en verosímil. Es más o menos así:
-”Disculpe la hora, ha habido un accidente y una de las personas heridas nos ha dado este teléfono. Lamentablemente no puede hablar mucho porque se encuentra muy mal. ¿Falta alguien en su casa?”
Si la persona que contestó la llamada dice algo como “sí, mi hijo Pedro, ¿cómo está, qué pasó?”, la conversación cambia instantáneamente de un accidente a un secuestro: “tenemos a Pedro, si queréis que lo soltemos (y sigue el pedido de rescate)”.
En circunstancias normales esto sonaría un poco raro, pero en estos tiempo violentos más la circunstancia de la hora del llamado, más el tono imperativo e impiadoso del interlocutor, tornan urgente la respuesta y el rescate.
Una compañera de trabajo recibió, hace meses, un llamado que repitió, punto por punto, la misma historia, y conozco una buena cantidad de personas que pasaron por la misma experiencia con un relato que sufría leves variaciones. En todos los casos se indagaba acerca de nombres y detalles familiares antes de brindar ninguna información concreta acerca de la supuesta víctima. Ésa es la primer clave: al pasar por una situación similar hay que intentar mantener la cabeza fría y exigir información acerca del accidentado antes de revelar ningún dato (cómo es la persona, en qué auto viajaba, dónde se encontraba, etc.). Y bajo ninguna circunstancia dar información acerca de la familia a extraños que no pueden explicar con precisión los motivos de su indagatoria.
La alternativa es contestar con un dato falso y así probar al interlocutor: si su hijo es Pedro, preguntar por su (inexistente) hija Viviana. Si efectivamente hubo un accidente y Pedro se encuentra en verdaderos problemas le dirán que se trata de un hombre en ese mismo instante.
Parecería ser que los llamados son hechos al azar. Según he consultado, no hay una elección deliberada de la víctima, y en casos sucedidos hace meses no ha existido ningún tipo de contacto posterior por más que la persona que haya contestado al llamado se haya dado cuenta de la trampa y haya cortado entre insultos. Es, dentro de todo, un alivio: pasado el susto no hay motivos para preocuparse más allá de lo razonable.
Cuento esta breve anécdota familiar intentar prevenir: que circulen estas historias ayuda a que este tipo de llamadas sean menos creíbles y que el mal momento termine cuando se cuelga el teléfono con el fracaso de los extorsionadores.

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